Saltar a contenidos

Associació de Dones Bahá'ís

Navegación

Menú principal

LA NOSTRA ASSOCIACIÓ
EL CONCEPTO DE IGUALDAD DEL HOMBRE Y LA MUJER

La emancipación de la mujer y el logro de la plena igualdad entre los sexos es esencial para el progreso humano y la transformación de la sociedad. La desigualdad retarda no sólo el avance de la mujer, sino también el progreso mismo de la civilización. La denegación persistente de igualdad a la mitad de la población mundial constituye una afrenta a la dignidad humana. Promueve en hombres y mujeres actitudes y hábitos destructivos que suelen transmitirse desde la familia al lugar de trabajo, de ahí a la vida política y, en última instancia, a las relaciones internacionales. No hay tradición ni justificación moral o biológica que cohonesten la desigualdad. Sólo cuando las mujeres alcancen plena corresponsabilidad con los hombres, en todos los campos del quehacer humano, se logrará el ambiente moral y psicológico necesario que permita a nuestra nación establecer la justicia social y contribuir a la paz global.

La opresión sistemática de la mujer constituye un hecho conspicuo y trágico de la historia. Constreñidas dentro de unos pocos reductos de actividad social, privadas de oportunidades de educación y derechos humanos básicos, sometidas a violencia y frecuentemente tratadas como seres infrahumanos, las mujeres han visto vedada la realización de su verdadero potencial. Las pautas atávicas de subordinación que se reflejan en la cultura popular, la literatura y el arte, el derecho, e incluso en las escrituras religiosas, continúan calando en todas las facetas de la vida. A pesar del avance de los derechos civiles y políticos de la mujer y la amplia aceptación de la igualdad como principio, todavía no se ha conseguido la plena y efectiva igualdad. Las consecuencias que ocasionan los prejuicios de género son una fractura que socava los cimientos de nuestra vida. Es mucho lo que resta por hacer. El logro de la plena igualdad requiere una nueva comprensión sobre qué somos en realidad, cuál es nuestro cometido en lo vida y cómo debemos relacionarnos mutuamente; comprensión que nos impulsará a remodelar nuestra vida personal y, por tanto, nuestra sociedad.

Nos hallamos al inicio del nuevo milenio y los desafíos están ahí, frente a nuestras familias y estilos de vida, nuestro nación y el mundo en general. En el proceso de la evolución de la especie humana, las épocas de infancia y niñez de ésta han pasado ya. La turbulencia de le adolescencia nos está preparando lenta y penosamente para lo época de la madurez, cuando los prejuicios y la explotación queden abolidos y cedan paso a la unidad. Los elementos necesarios para unificar a los pueblos y naciones son precisamente los que se requieren para llevar a cabo la igualdad entre el hombre y la mujer y mejorar las relaciones entre hombres y mujeres. Las tentativas encaminadas a superar la historia de desigualdades requiere el concurso pleno de todo hombre, mujer, joven o niña.

Hace más de un siglo, y por primera vez en la historia religiosa, Bahá'u'lIáh, el Fundador de la Fe bahá'í, al anunciar el propósito de Dios para esta época, proclamó el principio de la igualdad entre el hombre y la mujer. El establecimiento de dicha igualdad, es una condición previa para el logro de una unidad más amplia que asegure el bienestar y seguridad de todos los pueblos. Los Escritos bahá'ís afirman rotundamente: "Cuando toda la humanidad reciba las mismas oportunidades educativas y se consiga la igualdad del hombre y la mujer, los cimientos de la guerra quedarán totalmente destruidos''.

La participación plena e igualitaria de las mujeres en todas las esferas de la vida resulta esencial para el desarrollo social y económico, la abolición de la guerra y el establecimiento en última instancia de la unidad del mundo. En las Escrituras bahá'ís la igualdad del hombre y la mujer constituye una pieza clave para el desarrollo y prosperidad humanos:

"El mundo de la humanidad consta de dos alas: el hombre y la mujer. En la medida en que las dos alas no posean igual fortaleza, el ave no podrá volar. Hasta que la mujer no alcance el mismo grado que el hombre, hasta que no disfrute de los mismos campos de actividad, no se conseguirán frutos de gran valía para la humanidad, ni podrá ésta remontarse a las alturas de logros reales. Cuando las dos alas (...) sean equivalentes en fuerza y disfruten de las mismas prerrogativas, el vuelo de la humanidad será inmensurablemente excelso y extraordinario."

 La humanidad estará preparada para embarcarse en la nueva etapa de su desarrollo colectivo sólo cuando las mujeres se conviertan en plenas participantes en todos los ámbitos de la vida e ingresen en esferas importantes de decisión. Las mujeres han de ser el mayor factor para el establecimiento de la paz y el arbitraje internacionales. Cuando las mujeres participen plena e igualitariamente en los asuntos del mundo, cuando entren con confianza y capacidad en la gran palestra de las leyes y la política, cesará la guerra, pues la mujer será el obstáculo e impedimento que la ataje.

La eliminación de la discriminación de la mujer es un imperativo espiritual y moral que debe, en definitiva, remodelar el presente marco legal, económico y social. Promover el acceso de gran número de mujeres a puestos destacados y de autoridad constituye un paso necesario, pero insuficiente, para crear un orden social justo. Sin cambios fundamentales en las actitudes y valores de las personas y en el sustrato ético que da sostén a las instituciones sociales no podrá lograrse la plena igualdad entre el hombre y lo mujer. Una corresponsabilidad centrada en el plano de la comunidad, en la que la agresión y el uso de la fuerza queden desbancados por la colaboración y la consulta, requiere lo transformación del corazón humano:

"EI mundo se ha regido en el pasado por la fuerza, y el hombre ha dominado a la mujer en razón de sus cualidades más forzadas y agresivas, tanto corporales como mentales. Pero el equilibrio ya está cambiando; la fuerza está perdiendo su predominio, y la viveza mental, la intuición y las cualidades espirituales de amor y servicio, en las que la mujer es fuerte, están ganando ascendiente. De ahí que la nueva época haya de ser menos viril y estar más imbuida de ideales femeninos (...) una época en la que los elementos masculinos y femeninos de la civilización han de estar más equilibrados"